7 viajes que dejan huella

Hay vacaciones y experiencias únicas de las que uno vuelve cambiado...

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No es necesario marcharse muy lejos de casa para disfrutar de unas cómodas y relajadas vacaciones. Quien más, quien menos, tiene una playa estupenda a menos de cuatro horas en coche (ventajas de vivir en una península pequeña) en la que tumbarse y deshacerse de todo el estrés acumulado. Sin embargo, no siempre el descanso tiene que ser el único objetivo de nuestros días libres. ¿Y si, en un viaje de verano, uno de esos viajes que dejan huella, pudiéramos cambiar nuestras vidas?

Las vacaciones experienciales se han convertido en todo un fenómeno. A través de excursiones y diferentes actividades que dejan huella conseguimos ir un paso más allá, tanto a la hora de adentrarnos en la cultura y estilo de vida de otros países y gentes, como en nuestra propia forma de entender y disfrutar la nuestra. Son momentos que no tienen por qué durar mucho más de unas horas, pero que, al regresar a casa, sabemos que nos han marcado para siempre.

Desafíos, aventuras, paseos extraordinarios… hay muchos para elegir. Por eso hemos seleccionado algunos de los más interesantes para ponértelo facilito. En ellos, además de con calzado y ropa adecuados, tendrás que ir con los ojos bien abiertos, dispuesta a dejarte atrapar por un momento único. ¿Por cuál quieres empezar?

Julia Roberts se encontraba a sí misma en Come, reza, ama.

1. Pasar unos días incomunicada con los orangutanes de Borneo

En la isla de Borneo se encuentra una de las dos únicas zonas del mundo donde todavía quedan orangutanes en libertad. La visita es de las imprescindibles si se va a Indonesia, pues el Parque Nacional de Tanjung Puting es único. Lo mejor es viajar de marzo a octubre, fuera de la época de lluvias. Allí nos espera una experiencia única, en la que estaremos literalmente incomunicados durante unos días en los que dejaremos que la más absoluta y frondosa selva nos invada. Estímulos que llegaran a bocanadas a cada paso, sin necesidad de mirar el móvil, mientras nos desplazamos en barcos de madera (los klotok) en los que dormiremos y comeremos (en colchones y con mosquitera) los ratos que no estemos andando en busca de los primates.

Un klotok en Borneo.

2. Viajar en el Transiberiano

Es de los más famosos viajes de larga duración en tren, pero nos vale también cualquiera de los exóticos trenes que recorren diferentes partes del planeta durante días (en el Sudeste Asiático los hay memorables). El Transiberiano no es un tren más. Recorrer Rusia de un extremo al otro es toda una aventura, en la que, además de entender las dimensiones del país más grande del mundo de verdad, tendremos la oportunidad de ver paisajes que jamás podríamos visitar de otra forma. Tendremos contacto con ‘la nada’, que es la estepa siberiana y sus alrededores, en ciudades que parecen adormecidas hasta que llega el tren. Si no queremos acabar en Vladivostok, podemos hacerlo en Pekín (el Transmongoliano y el Transmanchuriano salen también de Moscú). Conoceremos viajeros de todo tipo y regresaremos sintiéndonos Miguel Strogoff.

FLI-PAS.

3. Escalar una montaña por primera vez

No es necesario irse al Kilimanjaro, aunque seguramente nos marcará muchísimo e incluso nos entrará el gusanillo por hacer otras escaladas míticas, porque lo que nos cambia la vida no es qué montaña subamos, sino el mismo hecho de hacerlo. Como prueba contra los desafíos, como experiencia y logro que nos permitirá afrontar nuevos retos, pocas excursiones son tan simbólicas como esta. Detenerse en diferentes puntos del ascenso para respirar aire puro, ver el mundo a nuestros pies, paisajes impresionantes… y no oírnos más que a nosotros mismos. Cualquier viaje que nos ponga a prueba tiene un aprendizaje, pero no hay metáfora más impactante de superación que esta. Y nos vale la sierra del pueblo, esa que llevamos viendo toda la vida a lo lejos, deseando saber cómo se verá todo desde allí. Ha llegado el momento.

¿Te atreves?

4. Dormir sobre el océano sin necesidad de navegar

Hay algo diferente en la sensación de pasar unos días de vacaciones en un pequeño bungalow en medio del océano, sostenido sobre pequeños pilares de madera. Nuestro presupuesto y ganas de exotismo decidirá cuántos lujos queremos en la cabaña, pero ya sea en la cama más impresionante o en una sencilla, el dormir en pleno Índico o Pacífico Sur te cambia la perspectiva de lo que es la auténtica paz. Solo tú, tu acompañante (o no) y el mar, en una danza hipnótica de la que no querrás escapar. El poder zambullirte directamente en una de las aguas más cristalinas del planeta con tan solo andar unos pasos desde la cama es el mejor efecto antidepresivo, pues pocas vacaciones como esa te incitan más a la alegría absoluta. Y entre chapuzón y chapuzón, no faltarán actividades y cosas sencillas como, simplemente, comer un poco de fruta viendo el atardecer.

¿Te lo imaginabas así? © Hotel Le Meridien-Bora Bora

5. Atravesar un país caminando

Por ejemplo, Islandia. El contraste de paisajes en Islandia es fascinante y, precisamente en verano, es cuando mejor se disfruta, porque buena parte del país permanece impenetrable durante el largo invierno y los caminos se vuelven muy peligrosos para muchas actividades. Sin embargo, ahora podremos atravesar buena parte de la isla caminando por valles de belleza espectacular, con lagos únicos, picos imposibles, playas de arena negra y acantilados que no tienen nada que envidiar a los más famosos de Irlanda. Si queremos algo más de exotismo agreste, decantémonos por Groenlandia y, al contrario, más relajado, qué mejor que el Camino de Santiago. No hay peregrino que no vuelva cambiado, con nuevos amigos, mil historias… y una forma diferente de afrontar el día a día, más centrado en lo que realmente importa. ¡Hay tanto tiempo para pensar durante el camino!

Isladia es que es… 💙

6. Embarcarte en un retiro espiritual

Una de las cosas que unen a Sting y a Sarah Ferguson es que ambos decidieron cambiar su forma de entender la vida en Soukya, un centro de meditación y retiro espiritual en India, en Bangalore, que es uno de los rincones en los que más se ha popularizado este tipo de viajes, con diferentes centros para todo tipo de bolsillos, en los que no faltan las horas de meditación y la contemplación extasiada de los templos más maravillosos. Pero los ‘ashram’ de India no son los únicos lugares de los que volver renovados. En toda la Costa Oeste de Estados Unidos, especialmente en estados llenos de parques naturales, abundan los retiros en los que no es posible tener contacto con el exterior, e incluso donde no se habla durante días ni con otros compañeros. En España también los hay, con posibilidad de hacer yoga, meditación e incluso introducción al budismo (en Pedreguer, Alicante, hay un gran monasterio, pero no es el único).

Así se encuentran a sí mismos los famosos… © Soukya

7. Dormir en el desierto

Dormir en una jaima en mitad del desierto marroquí es de las opciones más cercanas y sencillas para un español, pero nos vale igualmente el de cualquier país sahariano e incluso en desiertos más alejados como el impactante Gobi, el de Atacama o cualquier otro. La nada más absoluta, el contraste de temperaturas que experimentaremos, la sensación de fragilidad y, al mismo tiempo, de plenitud espiritual… es una mezcla única de conceptos que nos dejará la puerta abierta a encontrarnos con nosotros mismos, a aprender a disfrutar plenamente de todo lo inmaterial. El pequeño botecito de arena que nos traeremos seguramente con nosotros será el ancla al que volveremos para encontrar esa serenidad que experimentamos a la caída de la noche, cuando buscamos un poco de abrigo para que todo sea perfecto.

¿Apetece o no apetece?

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