Bodas ‘adult only’: ¿políticamente incorrectas?

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15 septiembre, 2017

¿Niñofobia en las bodas o el derecho de los novios a darse el 'sí quiero' sin llantos de fondo?

Asistí a mi primera boda como invitada con dos años y medio (18 meses, que diría cualquier mamá). Luciendo mis mejores galas (y unos pañales monísimos), aterricé en el enlace de Paquita, una prima hermana de mi madre, sentada cual diva del pop en una carroza llamada carrito. Aunque yo no recuerdo ni una sola imagen (esto también me pasa en las bodas a las que voy ahora, así que no os preocupéis), hay un vídeo del banquete que atestigua mi presencia. Chupando un trozo de pan, la cámara me enfoca mientras yo sonrío feliz cual perdiz con mi suculento manjar.

¿Te imaginas una boda sin niños? © Instagram @luisabeccaria_official @alejandrasalido @kiwo_studio @biancabalti @weddingstylemagazine

Esto sucedía en 1986, una época en la que los novios sabían de antemano que debían reservar la llamada ‘mesa de los niños’ y encargar un menú infantil consistente en croquetas, calamares, helado y litros y litros de refrescos gaseosos. Bien de azúcar, por favor. Ahora, 30 años más tarde, es más difícil ver a un niño en una boda a no ser que sea el hijo de los contrayentes que encontrar una hamaca libre en Benidorm en agosto. ¿Qué está pasando?

La modelo Bianca Balti se casaba hace un mes en California, en una boda en la que compartió protagonismo con sus dos hijas © Instagram @biancabalti

“Si algún día me caso, no pienso invitar a niños a mi boda”, sentenció María en una de esas tardes de gin tonics tontas en las que lo que deberíamos hacer es ir al gym a toni(c)ficarnos. Confieso que me quedé un poco de piedra. Ni tengo hijos ni me he casado nunca, pero me pareció un poco duro el comentario. ¿Por qué discriminar a esos pequeños locos bajitos que, según dicen, son la alegría de cada casa? Fue entonces cuando recordé que, en la mayoría de bodas a las que he asistido, la presencia de niños ha sido escasa.

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  • Las bodas como el momento ‘Kit Kat’ de los padres

“Hemos dejado a Adrián con mis suegros y así nosotros podemos descansar un poco”, escuché en la mesa del enlace más reciente al que acudí. Ajá. Muchas parejas con hijos han hecho de las bodas de los demás su retiro zen particular. Aprovechan para tomarse unas copas, dormir hasta las tantas sin levantarse a dar biberones y, aunque esto no puedo asegurarlo al 100%, disfrutar de un coitus NO interruptus por los lloros de sus churumbeles. Sin embargo, nadie les dijo que no llevaran a sus hijos. Fue una decisión propia.

¿Qué pasaría si esa misma pareja recibiese una invitación de boda en la que se pidiese expresamente que no llevaran a su descendencia? Porque dejadme deciros, queridos y queridas, que la cosa cambia mucho cuando una elección libre se convierte en una imposición. “Sintiéndolo mucho, yo no iría a esa boda. Mis hijos son mi familia. Es como si me pidiesen que no fuese con mi marido”, me dice Fátima, amiga, esposa y madre de dos monísimos y traviesos gemelos.

Almudena, también casada pero sin hijos, tiene una visión un poco diferente del tema: “Cuando organizamos la boda, Carlos y yo pensamos en pedir que no se trajesen niños. El problema vino cuando nos dimos cuenta de que ahí también se incluirían nuestros propios primos, sobrinos…”. Minipunto para su argumento. ¿Dónde poner el límite? ¿A qué edad se deja de ser un niño? ¿Adolescentes sí, niños no? ¿Familiares pequeños sí, de amigos no?

Ni tú ni nadie, amiga B.

“Otra de las cosas que nos echó para atrás fue pensar que mucha gente se sentiría ofendida y no vendría. Además, ¿cómo comunicar una decisión tan poco habitual?”, sentenció Almudena con cara de “es lo que hay”. De nuevo, mi amiga daba en el clavo.

El miedo a que los invitados que tienen hijos se ofendan es un hecho. Sin embargo, nadie se ofende cuando le instan en la invitación a llevar chaqué –ellos- y vestir de corto y con pamela por el día y de largo por la tarde/noche –ellas-. O un caso más sangrante todavía, cuando se imprime la cuenta bancaria en la invitación justo debajo de la fecha del enlace dando a entender que esperan que les pagues el cubierto antes de su gran día. ¿Es eso políticamente correcto? Lo dudo. ¿No será que estamos ya tan acostumbrados a verlo que nos parece normal?

Eso y que nos pirra una buena fiesta.

Como soltera que soy, sé perfectamente que no debo llevar a un simple amigo con derecho a roce a una boda. Y digo que no debo porque poder bien que podría. ¿Por qué nunca lo he hecho? Por el qué dirán. Por ese dichoso código no escrito por el que a los enlaces solo se va con tu novio o marido.

En la boda de Kate Moss y Jamie Hince, las minidamas de honor fueron lo mejor del enlace. © Cordon Press
  • Reservado el derecho de admisión

Obviando el lado sentimental de toda boda, dicha celebración no deja de ser una simple fiesta. ¿Por qué entonces no van a poder reservarse los novios el derecho de admisión a su propio sarao como si de una discoteca o restaurante se tratase? Tengo unos amigos que acudieron a una boda medieval. Todo el mundo debía ir caracterizado para la ocasión. “Hubo gente que no fue. Los novio lo entendieron, pero era su boda y ellos la quisieron así”, me contaba esta pareja que sí cumplió con la vestimenta requerida.

Y yo siempre me imagino ese enlace tal que así.

Llegados a este punto, creo firmemente que pedir que dejes a los niños en casa, sea cual sea el motivo, no debería ser tildado como de políticamente incorrecto. Pero lo es. Sin embargo, las bodas evolucionan. ¿¡Quién les iba a decir a nuestros padres que a día de hoy te podrías casar en un viñedo sin ser de tu propiedad!?

¿Pedir en la invitación que no se traigan niños es más políticamente incorrecto que poner el número de cuenta?

  • ¿Y los niños? ¿Qué pasa con ellos?

No me gustaría terminar este artículo sin romper una lanza en favor de los más pequeños. ¿Qué mensaje le estamos dando a una generación que se encuentra con hoteles, restaurantes y celebraciones donde, expresamente, no son bienvenidos? Como niña que fui, recuerdo gratamente las bodas, bautizos y comuniones a las que asistí y también recuerdo cómo mis padres me enseñaron que no debía ni gritar, ni jugar, ni darle patadas al de la mesa de al lado cuando me llevaban a ‘sitios de mayores’. Ahí lo dejo.

© Instagram @biancabalti

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