‘El bar’, la película que reivindica la esencia de Malasaña

"Bares, qué lugares, tan gratos para conversar… No hay como el calor del amor en un bar…" Cantaba Gabinete Caligari hace tres décadas. Y ahí habría que puntualizar que pocos igualan a los de Malasaña en Madrid.

Son muchos los forasteros a los que, al llegar a la capital, les llama la atención el ambiente de los bares del centro de Madrid. En esas noches de la ciudad, con tanta luz y tanta amalgama de gente, se hallan esos bares de siempre, ajados, que de momento no han metamorfoseado en locales de madera con ínfulas de aires retro. No. Hablamos de lugares auténticos. Los que sobreviven a los aprietos económicos, a los que las cuestiones de interiorismo no les conciernen, y que mantienen vivo el halo castizo y underground. Más allá de las copas baratas nada en contra de eso, poseen un encanto especial, ese tan de la capi y que a los autóctonos no nos llama menos la atención.

Fotograma de ‘El Bar’

Casa Julio es un ejemplo. Un día una banda de música llamada U2 pasó por allí para unas fotos. Tras una degustación de las delicias de la casa, el local pasó a rebautizarse como ‘el sitio de las Croquetas de Bono’. Pero Maite, la cocinera, ha seguido preparando sus deliciosas croquetas al resto de la clientela. El bar de la calle de la Madera 37 se ha mantenido inquebrantable. O Bodegas Rivas (calle de la Palma, 61), una parada para tomarse un bocadillo de tortilla o unas cañas bien tiradas acompañadas de aceitunas. ¿Y quién no ha celebrado una reunión, un cumpleaños o un reencuentro con unos vinos en El Maño? Situado a pocos metros del anterior, en el número 64, cada fin de semana acoge a la noche madrileña entre sus tinajas de aire distinguido.

Desgraciadamente algunos desaparecieron, como La Pepita, dejando a miles de parroquianos desvalidos. Sin duda merecería resucitarlo. Aunque, si hay que hablar de un establecimiento auténtico, ese es El Palentino. El bar de la calle Pez es un clásico de la vida madrileña, la taberna neurálgica de Malasaña, como sus copas a bajos precios. Si buscas su nombre en Google, lo encontrarás siempre acompañado de la palabra ‘mítico’. Entre su clientela se cuentan políticos, músicos o escritores. De hecho, ha sido inmortalizado en vídeoclips, artículos y relatos.

Y ahora inspira una película.

Por los aledaños han florecido tiendas de colorines: panaderías, boutiques o cafés renovados. Pero las tascas con solera siguen firmes. Pertenecen ya a la iconografía de la arquitectura madrileña. Lugares estoicos, férreos, que ven cómo clubs de alterne o pequeños comercios han tornado en tiendas vintage. Han padecido crisis, renovaciones y cambios políticos. Y siguen ahí. Las nuevas hamburgueserías de diseño comparten acera con bares que se niegan a cerrar y permanecen ajenos a las nuevas tendencias. Poco tienen que hacer las modas: los elaborados y aderezados gin-tonics, las tartas caseras, los cupcakes y demás ‘cucamonadas’. Ellos le plantan cara a esa jocunda competencia con vermús, cafés y las porras de toda la vida. Han evitado el cambio de sus azulejos por una decoración de madera o similar. Lo de las sillas diferentes y cada una de un color no va con ellos. Sus taburetes y asientos siguen siendo los de toda la vida. Y han logrado sobrevivir.

Hippies, yonquis, punkis, poperos, hipsters y millennials han compartido barra con abueletes disfrutando de su carajillo o los ‘currelas’ que se toman su café antes de seguir la jornada. Ahora estos bares son también frecuentados por freelances con barbas bien definidas. Los trabajadores de oficina han disminuido en número y han dejado paso a nuevos profesionales de la zona: community managers, diseñadores o estilistas.

Todos conviven: en ‘El Bar’, y en Malasaña.

A este núcleo duro es al que Álex de la Iglesia ha dedicado su última película. El Bar (que inauguró el Festival de Málaga y se estrena en salas hoy mismo) es una oda a todos esos establecimientos que persisten. La película ha recreado ese ambiente de ‘bareto’ que refleja el título: la barra de toda la vida, la máquina tragaperras o el trasiego de gente dispar; un ama de casa, un publicista moderno, una universitaria, trabajadores que llevan corbata y otros que visten mono… bien de paso o viendo la vida pasar. Retratos de nuestra sociedad madrileña, al fin y al cabo.

Es curioso que su cine, que ya había confinado antes a los personajes en una comunidad de vecinos, en aquelarres o en estudios de televisión, encierre a estos personajes ahora en un bar. Él y su co-guionista, Jorge Guerrivaecheverría, conocen bien el barrio. Los exteriores no se han grabado en la calle Pez, sino en la Plaza de los Mostenses, detrás de Plaza de España.

El equipo de la película con Álex de la Iglesia a la cabeza.

Entre lo mundano y lo castizo, han situado ese juego del Cluedo en el que una serie de personajes intentará escapar de esta peculiar jaula. Guste o no la película al gran público, la moraleja es palpable: poca aventura puede acontecer en esos locales con cocina de fusión y tipografías monas, nunca como en una tasca verdadera.

Paradójicamente, las nuevas tendencias no ofrecen nada innovador. El Palentino y estos bares, sí. ¿Quién no recuerda al menos una noche memorable en Malasaña, en la auténtica? ¿De esas que se sabe cómo empiezan pero no cómo acaban? Lo mismo pasa en El bar. Álex y Jorge quieren mantener el bar abierto. El bilbaíno y el asturiano lo han dejado claro en su película: ahí cualquier cosa te puede suceder.

  • Y, además, las historias y mitos de los bares más célebres de Madrid:
  • © Javier Sánchez para 'El Bar' (Editorial Lunwerg)

    Historias y misterios de los bares míticos de Madrid

    Coincidiendo con el estreno de ‘El Bar’, de Álex de la Iglesia, Mario Suárez y Javier Sánchez han publicado un libro, El Bar: historias y misterios de los bares míticos de Madrid, que recopila algunas de las mejores historias de las direcciones más míticas de la capital.

    Estas son algunas…

  • © Javier Sánchez para 'El Bar' (Editorial Lunwerg)

    Lhardy

    Dicen que Isabel II se escapaba de palacio para comer en Lhardy, tradición que adoptó después Alfonso XII. Su fachada de caoba de Cuba encierra tres salones: el Isabelino, el Blanco y el Salón Japonés, que aún conservan los revestimientos de papel pintado y que se mencionan en las obras de Galdós, Mariano de Cavia y Azorín.

    Fue el primer local de Madrid donde se podían hacer reservas telefónicas, desde 1885, cuando solo había cuarenta y nueve abonados en la capital; también fue pionero en dejar entrar a las señoras sin compañía de caballeros. Y eso fue quizá lo que hizo que la propia espía Mata Hari fuera detenida después de comer aquí, camino del hotel Palace.

  • © Javier Sánchez para 'El Bar' (Editorial Lunwerg)

    Casa Labra

    El 2 de mayo de 1879, un joven Pablo Iglesias fundaba entre estas paredes, junto con una veintena de compañeros, el Partido Socialista Obrero Español. Este quizá sea el hecho que más les consagra dentro de la ciudad de Madrid, junto con los famosos bocados de bacalao frito que congregan cada día a numerosas personas en su puerta.

    En su fachada con portones de madera, una de las más fotografiadas de la ciudad e icono de la tradicional taberna madrileña, reza que Casa Labra abrió en 1860, lo que la convierte en una de las más antiguas de la capital, a dos pasos de la Puerta del Sol. Su posición estratégica hizo que fuera el colofón pacífico de muchas de las manifestaciones antifranquistas en los años setenta, y obreras en los ochenta, que terminaban aquí entre vermú, cerveza y cortezas de cerdo.

    Este es un local para comer de pie, pidiendo por un lado la comida y por otro la bebida, como hicieron siempre sus primeros taberneros, aunque también tienen mesas para debatir y pedir platos de cuchara o tenedor, como sus también famosos tacos de atún y sus croquetas de bacalao.

  • © Javier Sánchez para 'El Bar' (Editorial Lunwerg)

    La Fontana de Oro

    Desde finales del siglo XVIII lleva abierta en Madrid esta taberna que primero fue fonda y luego café, y que inmortalizó el escritor Benito Pérez Galdós en su novela La Fontana de Oro (1870), como radiografía del costumbrismo parroquiano de la capital en esos años.

  • © Javier Sánchez para 'El Bar' (Editorial Lunwerg)

    La Fontana de Oro

    Todavía se conserva una vecina placa que recuerda que aquí estuvo alojado Alejandro Dumas (cuando este esquinazo era el Hotel de Monier), en 1846.

    Años después, pasó a llamarse la Fonda de los Embajadores, por alojar a ilustres diplomáticos en ella, y así hasta convertirse, décadas después, en un pub de estilo irlandés, con fachada de madera y decenas de botellas de destilados ilustrando sus escaparates.

  • © Javier Sánchez para 'El Bar' (Editorial Lunwerg)

    Museo Chicote

    Si hay un bar esencial en la capital es este. Sus sillones de escay verde son los que más visitantes ilustres han acogido desde que se abriera en 1931.

    Cuentan que a mediados de los cincuenta, un túnel secreto debajo de la barra conectaba el Museo Chicote con el vecino bar Cock. Era utilizado por una famosa pareja que, cuando se cerraba este mítico local de la Gran Vía, cruzaba el pasadizo para continuar con su oculto romance en el otro establecimiento: la actriz Ava Gardner y el torero Luis Miguel Dominguín.

    El cineasta Luis Buñuel era aficionado a los Dry Martinis del Chicote, que pedía como «unas lágrimas de vermú en un océano de ginebra», según comentan. Buñuel decía que Chicote era «la Capilla Sixtina del Dry Martini». Pero también de los Negronis, el cóctel que pedía siempre Sofía Loren cuando caía por Madrid.

  • © Cortesía de El Brillante

    El Brillante

    Cuentan los camareros de este bar que en julio de 1997, durante la cumbre de la OTAN celebrada en Madrid, el entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, entró en El Brillante, acompañado de su esposa Hillary y su hija Chelsea, para comerse un bocata de calamares.

    El Brillante es obra de Alfredo Rodríguez Villa, un leonés que llegó a Madrid en 1934 y decidió emprender su sueño de crear su establecimiento propio donde vender churros, porras y pollos asados. Al tiempo se convirtió en una de las primeras cadenas de bares de la capital, llegando a haber hasta siete en toda la ciudad. Hoy solo queda en pie el de la glorieta de Atocha, con treinta y ocho trabajadores sirviendo a diario bocadillos de calamares fritos en aceite de oliva virgen.

  • © Cortesía de Casa González

    Casa González

    Vicente González Ambit creó Casa González en 1931, una tienda de ultramarinos en la que despachaba quesos manchegos y morcillas murcianas mientras su mujer y sus hijas vivían en la trastienda. En la parte de atrás del negocio tenían lugar, en época de la Guerra Civil española, reuniones de socialistas que intentaban hacer frente a las fuerzas franquistas.

    Tras la contienda bélica, Casa González se convirtió en el proveedor de la sociedad madrileña de la época, entre ellos, Ortega y Gasset, nobles y diversos eruditos que visitaban el vecino Ateneo de Madrid.

    Hoy, su único ventanal a la calle del León es el escaparate más representativo del barrio. Coger sitio en alguna de sus mesas que miran a los adoquines es toda una proeza, pero cuando se consigue, se disfruta más el vino, los ibéricos y otras delicias internacionales que han añadido a sus estantes.

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