El drama de ser ‘la dejada’ (aunque no amemos)

La tragedia que se crea al no tener el control final de una relación... Pese a admitir sin vergüenza que ya no había amor

No sé cómo tengo las narices de escribir sobre este tema; a mí nunca me han dejado… Miento y a sabiendas, que diría Aznar.

De hecho, hace un par de meses acudí a “representar” -sin previo aviso- una pieza de teatro experimental en la que abandonaron a mi pobre corazón a su buena suerte. Me citaron en un bar donde una joven, de melena desaliñada y vaqueros rotos, se despidió para siempre de mí. Muy educada, haciendo sonar unos acordes de su vieja guitarra y tras beber un sorbo de su Carlitos (agua con hielitos) admitiendo con este gesto que estaba de resaca, a voz en grito me espetó que su amor por mí era inmenso, como cantaba La Jurado, pero que hasta ahí habíamos llegado. La verdad, no me importó. Podría haber interpretado el papel de enamorado desconsolado pero me pareció más consecuente fingirme de hielo como La Montiel en Cárcel de mujeres. Toda una inspiración.

Mi función fue algo así: “Te quiero con todo mi alma, pero ahí te quedas. Con cariño, ¡eh!”. © Cordon Press
Mi función fue algo así: “Te quiero con todo mi alma, pero ahí te quedas. Con cariño, ¡eh!”. © Cordon Press

Me entregó los poemas que “había compuesto para mí”, las entradas de los conciertos que “habíamos vivido juntos”. Y sin más se largó. Maldita titiritera que no tuvo ni el detalle de permitirme que fuese yo quien abandonase despechado la escena del crimen. ¡Cosas del teatro!

Pese a la atmósfera dramática y por muy metido que estaba en el papel no me dolió. ¿Por qué se preguntará usted intrépido lector? La respuesta es sencilla: porque no la quería. Cuando uno no quiere, ocurre como cuando se hace una herida, si no hay dolor no tiene derecho a llorar, por muy de sorpresa que te pille el golpe.

“Cuando uno no quiere, no tiene derecho a llorar”. © Rebecca Pierce
“Cuando uno no quiere, no tiene derecho a llorar”. © Rebecca Pierce

Por eso cuando analizo mi entorno y pienso en la espiral de rupturas en la que se ha convertido mi círculo de amigas me digo: ¿por qué les duele el adiós si admiten no estar enamoradas de sus ex parejas? Alguna, se lo digo yo, no les tenía ni el cariño tonto que se tiene muchas veces a los gatos que merodean los contenedores. Todo el mundo apreciamos y admiramos a esas criaturitas ellos sí son unos supervivientes y no los de Tele5.

Pues bien, es muy sencillo, pero como todo, tiene su intríngulis: su corazón no ha sido magullado, pero su orgullo sí.

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Si el corazón tiene motivos que la razón no entiende, que se lo pregunten a Isabel Pantoja o a la Infanta Cristina, el orgullo posee un sin Dios de inexplicables justificaciones que escapan al raciocinio; al raciocinio del que ha contraído el virus del orgullo.

Y después de tanta tontería teórica, pasemos a la práctica: no, no os voy a pedir que os ennoviéis con el primero que se cruce por la oficina, que lo maltratéis para que os deje por lo chusma y mala gente que habéis sido con él y que así podáis contrastar mi teoría. Dios me libre, no quiero que lleguéis tan lejos, pero vaya, quién quiera puede hacerlo. No me hago responsable. Me refiero a que a estas líneas les sigue un caso real.

“Esto se ha acabado y los dos lo sabemos, pero yo he sido el primero en decirlo en voz alta, mala suerte”. © Cordon Press
“Esto se ha acabado y los dos lo sabemos, pero yo he sido el primero en decirlo en voz alta, mala suerte”. © Cordon Press

La amiga a la que dejó un novio con el que le daba pereza quedar:

Un día gris o de sol, la verdad, esto ya da igual, recibí un mensaje en Facebook de una amiga: su Mr Big le había dejado. ¡Menudo drama! Por lo visto él, generosamente, se había despedido por Whatsapp, sin más motivo que un escueto “esto no funciona”. El chico poco santo de mi devoción llevaba razón: vivían en la misma ciudad, alternaban con la misma gente y como mucho se veían una vez por semana. En la cama les iba regular, o eso me contó ella, que yo a este juicio vengo sin más prueba que el parlamento de mi amiguita.

Yo, que no soy un Jesús Puente de las relaciones, con estos datos en la pantalla ya me imaginé que de ese amor no quedaban ni las cenizas, pero no contenta con relatarme estos esclarecedores detalles, añadió que él le daba pereza. Que si se veían bien, y que si no, pues casi mejor, más tiempo para ir al gimnasio.

¿Entonces? ¿Aquí paz y depsués gloria, y cada uno a lo suyo? De eso nada. A esta conversación online le siguieron llantos por teléfono, lágrimas en directo sobre mi cama, ríos y ríos de caracteres cada noche contándome lo que había hecho ‘el asesino del amor’ cada día. Durante 6 meses viví un extraño Gran Hermano. Yo pensaba ¿por qué tanto dolor?, ¿por qué? ¡Si no le quería!

A la ruptura le siguieron los llantos, los ríos de caracteres lamentándose y los botes de helado en el sofá. ¿Por qué?
A la ruptura le siguieron los llantos, los ríos de caracteres lamentándose y los botes de helado en el sofá. ¿Por qué?

¡Bingo! ¡Por orgullo! Montó un drama de medio año porque no había sido ella la que había clavado la puntilla a aquella agónica relación, porque había sido él el sensato, el que la dejó, el que quedó por encima. Ella sufría porque no tuvo el control final de esa relación, y eso molesta. Molesta bastante, te pica y escuece en lo más profundo de tu orgullo.

No voy a mentir, volviendo a mi propia despedida de hace unos días, a mí también me molestó que la artista desconocida no esperase sentada para ver cómo era YO el que se iba, para dejar claro, que YO tampoco la quería. Maldita suerte la nuestra de no saber adivinar en qué momento van a tirar del hilo atado al diente de leche que se nos mueve y que al ser arrancado no duele, pero el control ajeno dentro de nuestra boca impresiona y como nos asustamos: lloramos.

Hacemos el ridículo, destrozan nuestro orgullo. Y ahí empieza la tragedia.

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