¿Padeces el síndrome de la impostora?

¿Crees que no mereces tu éxito? Entonces probablemente sufras este mal tan común que afecta, sobre todo, a mujeres.

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Seguro que te suena: has pasado meses quedándote hasta tarde para terminar un proyecto a contrarreloj. Has gastado horas y horas documentándote (también en tu tiempo libre). Has elegido la tipografía de la presentación y hasta el color del fondo, peleándolo con tu jefe, que quería algo “más formal”. Al final, escogiste uno que conjuntase con tus ojeras, que no eran pocas tras tantas horas de esfuerzo. Lo presentáis. Todos tus compañeros alucinan y te llenan de piropos. Y tú, abrumada, respondes: “¿…En serio? ¿Lo habrán leído bien? ¿Lo dirán por la parte que justo no hiciste tú? ¿Van a echarte y quieren que te vayas contenta? ¿Habrá sido casualidad…?”. Incluso llegas a pensar que vas a morir en un par de semanas y ellos ya lo saben.

© Khrisof Kuver / Mondadori

Es igual, piensas. De todos modos, en el siguiente proyecto se darán cuenta de quién eres en realidad: una impostora. Este proyecto ha gustado porque el tema que elegiste está de moda y ya sabes que cuando tu compañero Juanfran dice que le gusta algo, todos le siguen la bola. Ha sido por eso, porque le ha gustado a él. Y claro, querrá ligar contigo o algo. O quizá quiere que te confíes para luego desenmascararte y que te echen para meter a su colega, ese con el que competiste en el proceso de selección hace tres años… Maldita sea, Juanfran, no me esperaba esto de ti. Y verás cuando se entere tu novia.

Toda paranoia es poca con tal de no reconocerte a ti misma -ni al resto- que ha sido producto de tu esfuerzo y tu talento. No, no es falsa modestia. Es el síndrome de la impostora, pero tranquila, no eres la única. Hasta la mismísima Tina Fey lo padece y, al parecer, tiene cura. Unos cuantos gramos de Autoestimitis por vía parenteral y te sentirás como nueva…

Y que le den.

¿Qué es el síndrome de la impostora?

A pesar de las pruebas objetivas de que son perfectamente competentes, las afectadas por el síndrome de la impostora se muestran incapaces de interiorizar sus logros. Quienes padecen este fenómeno psicológico acuñado por los psicólogos clínicos Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978, creen que no se merecen el éxito porque en realidad, son un fraude. Además, temen ser descubiertos en cualquier momento. Da igual cuán evidente sea su valía. Tengo amigas que, habiendo aprobado oposiciones o becas con poquísimas plazas disponibles y más gente queriendo entrar que en un concierto de Justin Bieber, aún consideran que lo suyo ha sido pura suerte. Queridas, por suerte encuentras tu talla en la prenda que querías en las rebajas, no la beca o el trabajo de tu vida. Creedme. 

Pero, además de esa eterna duda sobre si son válidas o no, el síndrome tiene más síntomas. El llamado ‘Ciclo del impostor’ consiste en que, cuando se fijan una meta, trabajan minuciosamente. El miedo les lleva a hacer cualquier cosa por evitar ser descubiertas y, efectivamente, tal exceso de celo les conduce a conseguir lo que se propusieron. Pero en lugar de respirar tranquilas, las impostoras no hacen sino ponerse más nerviosas y agobiarse más y más en un bucle infinito con cada éxito.

No-te-agobies.
No-te-agobies.

Consideran que han triunfado por todo ese esfuerzo extra que ponen una y otra vez, pero no por mérito propio. Esto puede desembocar en no pedir ascensos ni presentarse a promociones internas u ofertas de trabajo de mayor cualificación, ¿y si las pillan? Horror.

“Por suerte encuentras tu talla en la prenda que querías en las rebajas, no la beca o el trabajo de tu vida”.

Ser perfecta en que no te descubran siendo imperfecta. ¿Por qué nos sentimos así?

El síndrome de la impostora afecta especialmente a mujeres con gran talento y capacidad, sin importar el cargo o posición social. Algunas, tan relevantes como la Directora de Operaciones de Facebook Sheryl Sandberg, que confiesa levantarse algunos días con la sensación de ser un fraude, de no estar segura de si se merece estar donde está; otras, como Kate Winslet, Renée Zellweger o Emma Watson también son impostoras declaradas, pese a sus carreras plagadas de gloria. Y es que, viviendo en la era de Instagram, rodeadas de miles de cuentas de mujeres perfectas… ¿Cómo no compararnos aunque sea un poco? Nuestro cuerpo no es tan impecable (ni con mil filtros). Nuestra vida no es tan interesante y, por el amor de Dios, nuestros batidos no son tan bonitos sanos ni por asomo.

Pero no le echemos la culpa a las redes tan pronto, la autoestima de las mujeres en los tiempos que corren es un pantano en el que podemos bucear y perdernos fácilmente. Desde pequeñas, se nos educa para ser discretas, para comportarnos como señoritas y no dar la nota. Para no pegar al capullo que nos sube la falda en el patio porque “será que le gustamos”. En cambio, a los hombres se les enseña a exhibir sus logros como pavos reales, a tener la grada llena de niñas viéndoles pegar cuatro patadas a un balón en calzoncillos y ya sabemos que ante una misma actitud proactiva, un hombre es considerado buen líder y, una mujer, arpía y trepa.

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Un ejecutivo agresivo está haciendo bien su trabajo y es severo y riguroso por el bien del equipo, pero una ejecutiva agresiva es una malfollada amargada que debería tomar más cereales con fibra y dejar a la gente trabajar tranquila. No en vano, el 63% de los españoles considera que las mujeres no sirven para científicas de alto nivel pese a que el 60% de becarios del CSIC lo son. ¡¿Machismo?! ¡¿Dónde?

La única alternativa como estereotipo de referencia en el entorno laboral, es la trabajadora abnegada que llora en el lavabo cuando su jefe le echa la bronca, pero vuelve a trabajar como si nada. O peor aún, la amiguita de los tíos que no tiene inconveniente en mofarse de las dos anteriores, ni escrúpulos en utilizar “sus encantos” para conseguir ascender. Normal que muchas mujeres sientan que no encajan.

Siendo esto así, podemos decir que el síndrome de la impostora es una combinación entre tener baja autoestima, una sociedad que refuerza que la tengas porque mucha gente hace dinero con ello -desde libros de autoayuda hasta cremas anticelulíticas-, y un tercer ingrediente letal: el perfeccionismo. Una gran cualidad cuando te ayuda a hacer bien tu trabajo, pero que sumado a la anteriormente mencionada falta de confianza, nos genera un estado de ansiedad: ¿estaremos siendo lo suficientemente perfectas todo el rato? Si le añadimos el agravante de estar viviendo en tiempos de crisis, donde fallar no es una opción para nadie que quiera seguir subsistiendo, tenemos entre manos una peligrosa bomba de relojería.

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Pero, ¿qué hacer para superarlo?

Para empezar, hacerte consciente de que lo padeces. Empieza a creerte poco a poco que quizá -solo quizá- hayas tenido algo que ver en tus logros personales. Habla con otras personas para ver que no eres la única que se siente así, escríbelo, haz una lista con todos los cumplidos que la gente te haya hecho y léela de vez en cuando. Pero, sobre todo, permítete ser tú misma. No todos aportamos lo mismo pero todos tenemos cosas valiosas que aportar. Créetelo un poco, no eres ninguna impostora. No puedes ser ningún fraude siendo quien realmente eres y dando lo mejor de ti.

¡A por todas!
¡A por todas!

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