La casa de… Belén Rueda

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28 mayo, 2016

La actriz abre por primera vez las puertas de su casa, un hogar acogedor y luminoso, fiel reflejo de una personalidad que irradia afecto y vivacidad, y cuya principal particularidad radica en contener un sinfín de recuerdos personales, repartidos por todos sus rincones.

Si alguien puede confirmar aquel supuesto que dice que la casa es el espejo del alma, esa es Belén Rueda. Generosa y resolutiva, ejerce de perfecta anfitriona mientras nos muestra lo que para ella es su refugio más íntimo: un espacio con luz natural, que encaja con la misma energía positiva que transmite el carácter alegre de la actriz.

La entrevista se realiza durante una mañana soleada, subiendo y bajando una escalera de madera circular, con escalones infinitos (anótese la ironía), que une las tres plantas de un chalet en una exclusiva urbanización madrileña. Ahora que la actriz estrena La noche que mi madre mató a mi padre –un thriller en tono de comedia, dirigido por Inés París–, resulta cuanto menos curioso que la calle donde vive lleve el nombre de la más famosa escritora de novelas de suspense. Y más insólito todavía, fue la propia actriz la que eligió el nombre: “Con la anterior dirección, Camino Viejo de Hortaleza de Alcobendas, las cartas se extraviaban. En una zona donde todas las calles están dedicadas a escritores, decidimos entre todos los vecinos seleccionar alguno que nos gustara”.

El blanco, color que preside el salón de Belén, multiplica la luz natural que entra por los ventanales. Con su toque rosa, el amplio sofá reivindica su protagonismo.
El blanco, color que preside el salón de Belén, multiplica la luz natural que entra por los ventanales. Con su toque rosa, el amplio sofá reivindica su protagonismo.

Belén Rueda, que comenzó ganándose la vida vendiendo pisos y estudió un par de años de Arquitectura, explica que aquella experiencia no repercutió en la adquisión de la vivienda hace 12 años, sino que fue fruto de la casualidad, ya que la persona que llevaba la promoción de su futuro hogar era amigo de sus padres. “Esta es una zona muy tranquila, pero mejor conectada que La Moraleja. Cuando llegamos, las niñas [Belén y Lucía, las hijas que tuvo con el productor Daniel Écija] eran pequeñas, y había mucho ambientillo de niños gracias a un centro comercial que hay aquí cerca”, recuerda. ¿Lo más importante? “El contacto con la naturaleza. A veces he tenido tentación de vivir en el centro, pero en cuanto sale aquí el sol… se me quitan todas las ganas”.

Álbumes de fotos y recuerdos de su carrera profesional… ¡Goya incluido!
Álbumes de fotos y recuerdos de su carrera profesional… ¡Goya incluido!

Precisamente, es el sol el rey de la casa, con permiso de Willie, el cariñoso yorkshire que nos persigue en silencio. Los magníficos ventanales por donde entra la luz, paradójicamente, resultan ser una desventaja pues, según confiesa, es la falta de paredes la que le ha obligado a mantener empaquetados la mayoría de los cuadros que trajo con la mudanza. Cuadros como ese, firmado en 1995, en el que una mujer con los ojos cerrados abraza a un hombre por la espalda, tan llamativo, que nos invita a pararnos frente a uno de esos escasos huecos en la pared, en el descansillo de la primera planta. Una obra de aspecto teatral, adquirida por Belén hace algunos años en una de las ediciones de ARCO, la Feria Internacional de Arte Contemporáneo. “Tiene esa locura de Kandinsky, esos colores, me llamó la atención porque resulta muy especial. No es una pintura al uso, las figuras aparecen en relieve. Dani y yo decidimos comprarnos dos, uno para cada uno”, explica.

“Me gusta el contacto con la naturaleza. A veces, he tenido la tentación de vivir en el centro; pero sale el sol y se me quitan las ganas”.

UN HOGAR CON MUCHO ARTE

No es la única pintura que la actriz “comparte” con algún allegado. En su habitación, por ejemplo –cuya amplia cama mira hacia otra de esas considerables ventanas–, un lienzo en tonos pastel de una mujer dormida, firmado por Sitges, invita a reposar sobre una chaise longue tapizada en azul eléctrico. “Cuando grababa el programa VIP en los años 90, el dueño de una fábrica de mermelada que se anunciaba en el espacio nos invitó a Valladolid a visitar su galería. Le regalé a mis padres uno de la misma colección”, rememora. Las hijas de Belén aseguran que la mujer del cuadro guarda un asombroso parecido con su madre.

“Tiene esa locura de Kandinsky, esos colores, me llamó la atención porque resulta muy especial”, explica Belén de este cuadro que adquirió en ARCO.
“Tiene esa locura de Kandinsky, esos colores, me llamó la atención porque resulta muy especial”, explica Belén de este cuadro que adquirió en ARCO.

Una constante en la casa de la actriz, efectivamente, son los recuerdos relacionados con ellas. “Todo lo que me van regalando lo coloco aquí y allí”, presume con orgullo. Una camiseta del día de la madre colgada en el vestidor, numerosos diplomas expuestos en la cocina, fotos enmarcando un espejo de camerino con bombillas alrededor… “Lo que ellas me escriben sobre las fotos se va borrando”, suspira, mientras nos muestra algunas de las imágenes de su álbum familiar. Unas fotografías que la actriz guarda en un estudio abuhardillado, junto a sus numerosos premios: entre ellos, el Goya a la mejor actriz revelación por la película Mar adentro. “Parece que tengo un altar, pero en realidad lo que hago con los trofeos es amontonarlos, esconderlos”, comenta con cierto pudor, como si le resultara incómodo ‘exponer’ sus méritos. Sin embargo, nos llama la atención sobre un regalo de cumpleaños que la hizo muy feliz: una fotografía de gran tamaño firmada por todo el equipo de La caída de los dioses, la versión teatral de Tomaz Pandur en la que interpretó a la posesiva matriarca Sophie von Essenbeck.

El baño, presidido por un espejo “muy teatral”, con fotos de las hijas de la actriz.
El baño, presidido por un espejo “muy teatral”, con fotos de las hijas de la actriz.

ESPACIOS COMPARTIDOS

Una gran librería preside el diáfano salón en blanco que contrasta con los sofás de color rosa. Mientras ve la televisión o lee un libro, Belén Rueda aprovecha sus ratos libres para ejercitarse con una bicicleta elíptica. En la pared más amplia de la casa, destaca una pintura abstracta, adquirida, según nos dice, hace un año en París. “Una hermana de mi cuñado tiene allí una galería de arte donde se exponen varias obras. También otro espacio, Piece Unique, donde solo se muestra una de ellas, una pieza única”, explica. “Estando allí, me enamoré del cuadro, pero me lo pensé por el precio. Con el tiempo no podía quitarme la imagen de la cabeza, así que en un segundo viaje, no pude evitar comprarlo. El arte funciona así, me decían en la galería. Te llama la atención, pero no lo compras en el primer impulso. Necesitas reposarlo”.

Separada del salón por una mampara, en la cocina, la actriz confiesa que prefiere el bricolaje a los fogones. “Lo hago todo, ojalá tuviera más tiempo, porque me encanta y me hace muy feliz”. Junto al reloj, sobre la isla de la cocina, nos miran unas muñecas. “Son de una acción solidaria con Sephora. Lo que recaudamos, que fue bastante, se donó a Menudos Corazones, la fundación de ayuda para los niños con problemas del corazón”, explica.

Con la llegada del buen tiempo, la actriz comparte la piscina con su hermana, que vive en el chalet de enfrente. “Ella, a cambio, pone la barbacoa. Me hubiera gustado instalar placas solares, pero no tengo espacio suficiente y tampoco es que esté bien orientada”. ¿Y es eso una cama elástica? Efectivamente. “Se la compramos a las niñas cuando eran pequeñas y ahí se ha quedado”, comenta, confesando con un sonrisa cómplice: “Cuando era pequeña, había que pagar por saltar, así que este es el típico regalo que he acabado disfrutando casi yo más que ellas”.

Como la mujer del cuadro, la chaise longue, en un intenso azul, invita a soñar.
Como la mujer del cuadro,
la chaise longue, en un intenso azul, invita a soñar.

*Este artículo se publicó originalmente en el número de junio 2016 de ‘Shopping&Style’, el suplemento del último jueves del mes de ‘El País’.

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