Las (muchas) ventajas de ser mujer en el trabajo

Muchas. Mogollón. Porque ya está todo hecho y movimientos como el feminismo son una tontería en nuestros días, ¿verdad?

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8 de marzo de 1857, un grupo de obreras se hizo a las calles de Nueva York para protestar por las condiciones de trabajo miserables que les imponían. En 1908, surge una nueva huelga donde las mujeres reclaman igualdad salarial, disminución de la jornada a 10 horas y un descanso para poder amamantar a sus hijos. Esto les cuesta la vida a más de cien mujeres que murieron en un incendio en la fábrica en la que trabajaban, provocado por su mismo dueño como respuesta. En 1910, se aprobó declarar el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Esta es la historia del Día Internacional de la Mujer. Pero los tiempos han cambiado y hoy en día esto ya está todo más que superado. Ya no necesitamos avanzar ni un paso más, tenemos toooooodo solucionado, ¿verdad? Ser mujer en el entorno laboral actual es un chollo tremendo -guiño-guiño- y en un día tan especial, vamos a analizar (todos esos falsos mitos de la mujer en el entorno laboral que tanto nos afectan) todas esas ventajas con las que nos encontramos las mujeres en nuestro día a día, trabajando.

Ventajas, ventajas y más ventajas, ¿verdad? © Ben Lamberty

Si eres mujer y te quedas embarazada, es una faena para el empresario

Por supuesto. Pobrecito el señor empresario, que puso una empresa para ganar dinero y los trabajadores ahí, empeñándose en tener una vida, con lo caro que le sale eso. ¡Cómo se nota que no lo pagamos nosotras! Si una mujer quiere tener un hijo, a su jefe le toca correr con los gastos, ¿no es así? Bueno, pues primer mito abajo.

La baja por maternidad no es una baja como tal, sino una suspensión del contrato. En las 16 semanas que dura, el sueldo no lo paga el empresario, sino la Seguridad Social. Tu jefe solo tiene que seguir pagando tu cotización, lo cual es lógico teniendo en cuenta que sigues siendo su empleada. Pero es más, si te sustituyen por otra persona, se bonifica al 100% la cotización de ambos. Así, el empresario no paga la Seguridad Social de ninguno de los dos y solo pagaría el sueldo del sustituto, que podría incluso ser menor. El Instituto Público paga tu baja y quien te sustituye encima cobra menos, echa cuentas. ¿Seguro que le estás arruinando la vida con tus planes de vida?

Durante la baja por maternidad el sueldo no lo paga el empresario, sino la Seguridad Social.

Y todo esto dejando a un lado que quien monta una empresa sabe que no es una ONG, que trabaja con seres humanos y que tiene que hacerse cargo de ciertas responsabilidades. Solo faltaba.

Las mujeres pueden permitirse tener emociones en el trabajo

Ya sabes, los chicos no lloran. Pero a las mujeres esto no nos pasa, todo el mundo sabe que los jefes son mucho más suaves con las chicas y se cortan mucho más. Todo el mundo nos trata mejor, se nos consiente más y se nos da la razón en todo porque tienen miedo de quedar como machistas. Incluso si decimos que tenemos la regla nos dejan descansar y bajar el ritmo y todo es comprensión y empatía. ¡A más de una conoceréis que tendría la regla tres veces al mes solo por las ventajas que conlleva!

En fin, pues sí, hay gente que piensa que todo esto es verdad. La realidad es que solo mencionar la palabra ‘menstruación’ puede hacer que te digan que too much information. La regla es tabú y además, en el entorno laboral no es raro que se use como arma arrojadiza -“¿qué te pasa, tienes la regla?”- para silenciarte cuando muestras enfado o desacuerdo. Como si trabajar X días al mes con dolores y malestar general no tuviese ya suficiente gracia.

Cuando hablamos de que ‘los jefes son más suaves con las chicas’, solemos estar hablando de que te traten con paternalismo y condescendencia y te llamen cosas como ‘nena’, ‘guapa’ o ‘cielo’ y te pidan tu opinión a la hora de mandar flores a alguien (porque todas entendemos de esas cosas) o den por hecho que los cafés los vas a servir y a recoger tú.

Cuando hablamos de que ‘los jefes son más suaves con las chicas’, solemos estar hablando de que te llamen cosas como ‘nena’, ‘guapa’ o ‘cielo’.

También es habitual que nos veamos perjudicadas por estereotipos tan dañinos como la jefa arpía -ya sabéis que las jefas son ‘un hueso’ o ‘una sota’ y los jefes son grandes líderes a los que no les tiembla la mano- o la histérica controladora cuando somos eficientes en nuestro trabajo, eso cuando no presuponen directamente que te has acostado con tu superior para ascender. Todo esto se deriva de la creencia en que las mujeres somos demasiado emocionales e inestables para ocupar puestos directivos, aunque las estadísticas nos digan que aguantamos más que ellos. Otro día, ya si eso, comentamos también las excelentísimas habilidades de control emocional de líderes mundiales de la talla del señor Trump.

Las mujeres no buscan sobresalir para ascender

Por nuestras habilidades naturales somos más dóciles y complacientes y solemos preferir estar a la sombra de los grandes hombres. Que tomen ellos los riesgos y echen las horas extras, que nosotras nos quedamos con lo nuestro y con las horas libres para dedicar a nuestra familia e hijos. O para hacernos las uñas. Total, solo soportamos de media una carga de trabajo (remunerado y no remunerado) de una hora más al día y ganaríamos un 25% más si se valorara el trabajo doméstico, pero todo para no querer ascender. Así de altruistas somos.

Y es que, aunque vaya por delante, que algo de Síndrome de la Tiara sí tenemos, las mujeres nos enfrentamos tanto al techo de cristal como al precipicio de cristal. No se nos escucha ni se nos toma en serio y por supuesto que no se nos suele considerar válidas para acceder a puestos directivos, nuestras habilidades de liderazgo suelen ser tomadas como agresividad y ansia insana de control. Incluso las cuotas de género, diseñadas precisamente para obligar a que todo este talento femenino no pase desapercibido o sea ninguneado, son percibidas como una grandísima desventaja para todos esos pobres hombres que tan solo se han beneficiado del sistema todo el resto de la historia de la humanidad.

No se nos escucha ni se nos toma en serio y por supuesto que no se nos suele considerar válidas para acceder a puestos directivos.

Nos dejan fuera a la hora de ascender -tenemos sólo un 11,8% de directivas en España– porque a menudo dichos ascensos se deben más al compadreo y a dinámicas de masculinidad tóxica que a la tan cacareada meritocracia.

No en vano, sabemos que la violación de las normas sociales hace parecer a los hombres más poderosos, ¿a alguien le suenan esas dinámicas de teambuilding que consisten únicamente en emborracharse con un jefe que no se quiere ir a casa? ¿En acudir a locales poco recomendables donde una mujer quizá no se sentiría cómoda? ¿A horas a las que muchas además tienen que estar atendiendo a sus hijos o labores domésticas? Nadie que haya trabajado alguna vez negaría que las barreras a la promoción de las mujeres en puestos de liderazgo son una realidad.

Los señores ascienden a otros señores más jóvenes en los que se ven reflejados y de paso, con su camaradería perpetúan el ver a sus compañeras como trozos de carne andante o como secretarias o proveedoras de cuidados por defecto. Eso sí, cuando necesitan resolver problemas, ahí estamos. Existe la tendencia de ofrecernos puestos de dirección más complejos y con mayores riesgos de fracaso. Aun así, los aceptamos porque no solemos tener muchas más opciones. Pero nada, que somos nosotras, que no queremos ascender para quitarnos de líos. Cla-ro-que-sí. Aplausos.

Claro que sí… ¡BRA-VO!

Las mujeres no ascienden porque priorizan a su familia

Sigamos por aquí. Es obvio que las mujeres tomamos la decisión meditada y consciente de dedicarnos a nuestra familia en lugar de desarrollar nuestra carrera profesional. ¿Qué brecha ni qué brecha salarial? Son ellas, que saben que cambiar pañales y hacerse cargo de la casa y de uno o varios niños o personas dependientes es un camino de rosas al lado de pasar ocho horas al día en una oficina donde al final de mes recompensan tu esfuerzo con dinero.

De vuelta a la realidad, nos encontramos con que la discriminación a las mujeres comienza mucho antes de pensar siquiera en formar una familia. Contratos donde se especifica que no puedes quedarte embarazada y empleadores a los que se les descompone la cara al escucharte decir que tienes 30 años. Horror, vade retro. Nos quieren como reclamo mientras somos jóvenes, la carne vende. Pero en cuanto empezamos a madurar y a querer tener un nivel de vida mínimamente aceptable, ya no somos rentables. Si le sumamos que en las pocas ocasiones en las que la maternidad puede plantearse como una opción para la persona, la conciliación laboral y familiar es poco menos que una utopía, pero todo esto es porque lo elegimos nosotras.

 La conciliación laboral y familiar es poco menos que una utopía, pero porque lo elegimos nosotras.

No hablemos tampoco de que, en muchas parejas heterosexuales que se plantean que uno de los dos deje su trabajo para cuidar de los hijos de ambos, se impone la opción de que sea la mujer la que abandone su carrera por ser la que menos cobra o por estar socialmente mejor visto. Tampoco de que, para que todos esos señores ocupen todos esos puestos de altísima responsabilidad, alguien -y generalmente suelen ser mujeres- tiene que hacer ese trabajo doméstico y organizativo en el hogar que el hombre no puede atender por sus responsabilidades laborales. Las labores de cuidado vuelven a ser las grandes afectadas y nos toca asumirlas gratis y con una sonrisa en la boca. Para variar. Un gran avance.

Obviamente todas ellas son razones de lo más voluntarias. Tenemos lo que queremos, lo que nos buscamos, lo que merecemos. En nuestro mundo ideal, no hay discriminación, nos ponemos los tacones por empoderarnos, porque nos gusta y nos hace sentir bien. Con maquillarse nos pasa lo mismo, esa horita y pico extra que echamos a diario por las mañanas para prepararnos, nos sabe a gloria bendita. ¿Dormir? ¿Quién necesita eso teniendo el eyeliner perfecto?

Porque meterse un lápiz en el ojo es súper agradable y está chupado eso de que ambos te queden simétricos.

Así que hoy, 8 de marzo, Día de la Mujer, no te molestes en protestar. No te molestes en celebrar. Para qué, si ya tenemos todo el camino andado, ¿verdad?

Mujer, no luches, que ya no hace falta. No abras los ojos. Ahí fuera todo está en orden, sigan circulando: aquí no hay nada que leer entre líneas.

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