Llanto máximo en televisión

Los protagonistas de la parrilla televisiva se entregan a las bondades de una buena llorera (cuando en realidad tendríamos que hacerlo los televidentes... pero de pena).

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La programación de televisión en nuestro país se ha convertido en una de las mejores terapias colectivas. Esta terapia catódica es llorar. Dicen los expertos que hacerlo es bueno, que liberas tensiones, que manifiestas muchos estados de ánimo; en cinco palabras: que te quedas a gusto.

Con estas premisas, los participantes en diferentes programas que perviven en las parrillas de programación deben estar emocionalmente muy equilibrados porque no paran de lloriquear, plañir o sollozar. Por su parte, los televidentes solo pueden hacerlo, en la mayoría de los casos, de pena.

Enciendes la tele y no hay día que no veamos imágenes de celebrities made in Spain con los ojos rojos, encendidos por las lágrimas y el desconsuelo. Llorar, llorar y llorar. Hacerlo como una magdalena, sin parar, sorbiendo los moquillos y quitándose las lágrimas con la mano. “Mis lagrimas son perlas que caen al mar”, que decía la canción.

 

Tertulianos, pretendientes o concursantes que no paran de lloriquear. Por su parte, los televidentes solo pueden hacerlo, en la mayoría de los casos, de pena.
Tertulianos, pretendientes o concursantes que no paran de lloriquear. Por su parte, los televidentes solo pueden hacerlo, en la mayoría de los casos, de pena.

Estaba dándole vueltas a ver quién es el personaje televisivo que más llora prime time y, la verdad, es que el asunto está complicado: no sabes por dónde escoger entre tantos y tantas lloricas. La competencia es dura, y la lágrima parece que fácil. Me encuentro con jóvenes que hacen pucheros desde su trono porque los pretendientes tienen deslices y viceversa. Me acuerdo de los llantos de Bustamante en los tiempos de OT; o de los más recientes de Jesús Vázquez en su nuevo programa Levántate; o los de María Casado –en los informativos también lloran–, cuando rompió en sollozos en directo en Los Desayunos de TVE tras un roce con una tertuliana.

Miley Cyrus, llorando desconsolada porque no quiere ser Hannah Montana nunca más.
Miley Cyrus, llorando desconsolada porque no quiere ser Hannah Montana nunca más.

Cómo el corazón es nuestra víscera más emocional, es allí, en los programas cuore o rosa, donde los berrinches son más auténticos (o no). Una de las mujeres que más llora en la pequeña pantalla es Raquel Bollo. Su presencia en los programas en un sinvivir. Uno sufre al ver sus gemidos en las sobremesas. Llora de emoción y llora de pena. Llora porque todo dios le ataca. Es una especie de conjura. Parece que se han puesto todos de acuerdo: el exmarido, la novia del exmarido, una exnovia de su hijo, algún arribista que se apunta al bombardeo, sus compañeros de programa… Y hasta ella, la Pantoja. No hay asunto de Isabel que no le toque la fibra más sensible a su amiga del alma. Eso es amistad.

El gran valle de lágrimas está al norte de Madrid, al pie de las montañas (como con Marco, con el que lloramos en nuestra infancia). Es el Gran Hermano VIP, que bien podía ser Gran Llanto VIP. Allí el que no suelte una lágrima no es nadie. La líder es Belén Esteban. Emocionalmente muy sensible, llora con sentimiento: “Súpeeer, que quiero ver a mi Míguel” y a llorar. (Súper es el Gran Hermano, el confesor, el hombre con más aguante de España, el psicólogo de la casa de Guadalix de la Sierra, la persona que dirige los hilos inconfesables de unos personajes que arrasan en audiencias. Y Míguel es Míguel, la pareja de Belén).

Tras Belén Esteban, lloran todos. Con más o menos intensidad, sus colegas/rivales han derrochado sus lágrimas. ¿Impotencia, rabia, fracaso, enfado, mosqueo, celos…? Solo ellos lo saben, pero se guardan para el final las lágrimas de la victoria, las del ganador del maletín, las realmente buenas, las del triunfo. Mientras tanto, ¿alguien tiene un pañuelo, que voy a ver la tele?

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