Una escapada más allá de Praga

Nos vamos a la República Checa para comprobar que en lo que dura un puente largo se pueden descubrir lugares capaces de robar protagonismo a su capital.

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Las grandes capitales europeas son como el castillo de La Bella Durmiente de cualquier parque Disney: su protagonismo es tan incontestable que siempre roba espacio y tiempo a otros reinos cercanos a los que también merece la pena prestar atención. Y vale que Praga tiene mucho de cuento de hadas en sus calles –mires donde mires es imposible no sentirte protagonista de tu favorito–pero en la República Checa existen otros destinos dignos de visita sin alejarnos demasiado del epicentro del país.

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Interior de Vila Tugendhat, una joya de la arquitectura funcionalista nombrada Patrimonio de la Humanidad en Brno por la Unesco. © Czechtourism

Nos referimos a lugares como Brno, la segunda ciudad más grande del país a la que los checos llaman coloquialmente ‘la última curva antes de Eslovaquia’, pero que a los de fuera nos suena más por ser una de las sedes del Mundial de motociclismo. Aunque para ser justos hay que reconocer que esta fama ganada exclusivamente por méritos deportivos se queda corta. En esta coqueta población situada a dos horas en coche desde Praga, en la que por cierto se concentra un alto porcentaje de estudiantes llegados de toda Europa, hay mucho que ver sin necesidad de montarse en dos ruedas. De hecho, Brno es uno de esos escenarios donde el callejeo a pie debería ser considerado deporte obligado.

 

Para bolsillos ajustados

Pero antes de sumergirnos en su vida, nos dejamos sorprender por un secreto a voces: en Brno, al no estar dentro de las típicas rutas turísticas que recorren la República Checa, los precios para comer y dormir son ideales hasta para los bolsillos más sufridos. Para lo primero puedes entrar sin miedo a recibir un sablazo en casi cualquier local que te encuentres (incluso los que ofrecen una carta más sofisticada como el Pavillon Restaurant tienen un menú asequible). Para lo segundo, nuestra recomendación es que reserves en el lujoso Barceló Brno, un increíble edificio reformado en 2012 en el que por menos de 100 euros la noche puedes disfrutar de suites del tamaño de un apartamento, desayunos con sabor español por si te entra la morriña, e incluso un gimnasio con spa 24 horas para que los excesos culinarios (la cocina checa es tan deliciosa como calórica) no pasen factura. Si te importa eso que llaman calidad/precio, este es tu sitio.

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Entrada del hotel Barceló Brno.

Con las necesidades básicas cubiertas, llega la hora de dejarse seducir por los encantos de aire medieval del casco histórico de la ciudad, en el que apenas necesitaremos unas horas para encontrarnos con joyas como el Castillo de Špilberk, fortaleza barroca rodeada de jardines con increíbles vistas; el Ayuntamiento viejo, con los ornamentos torcidos por venganza de un escultor insatisfecho con su salario; la Catedral de San Pedro y San Pablo, templo gótico en el que cada día a las 12 de la mañana suenan 11 campanadas en recuerdo de una treta que salvó a la ciudad de una invasión sueca; la Plaza de la Libertad, en la que basta solo un vistazo para reconocer las fachadas más singulares de Brno; o el neoclásico Teatro Mahen, el primero en Europa que fue iluminado con bombillas. ¿Un consejo? No te pierdas el osario bajo la iglesia de San Jacobo, el segundo más grande de toda Europa. Se descubrió en unas remodelaciones recientes y hoy se ha levantado allí un museo para honrar la memoria de las más de 50.000 personas enterradas allí tras una plaga que asoló la ciudad hace siglos. Extrañamente sobrecogedor y emocionante.

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La catedral de San Pedro y San Pablo, iluminadas por la noche. @ Czechtourism

Menos es más

Aunque si hay algo que hace especial a Brno es su insospechado gusto por la arquitectura funcionalista, corriente de principios del siglo XX que abogaba por el menos es más y por la comodidad por encima del ornamento que tiene en la Vila Tugendhat su máxima expresión. Se trata de una increíble casa levantada a las afueras de la ciudad por Mies van der Rohe, la única que proyectó fuera de Alemania y considerada desde 2001 Patrimonio Cultural y Natural de la Unesco. Una vivienda por encargo de un rico matrimonio local que abandonó el país durante la época comunista que supuso una verdadera revolución en el país por su original solución espacial y dotación tecnológica de carácter único. Eso sí, para visitarla es necesario realizar una reserva previa y la lista de espera es larga, así que hay que planearlo con antelación. Merece la pena.

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Exterior de la Vila Tugendhat, obre del arquitecto Ludwig Mies Van Der Rohe. @ Czechtourism
Claro que ese no es el único lugar donde los valores del funcionalismo dejaron su impronta. Muy cerca de la Vila Tugendhat se encuentra la cafetería Era, en la que destaca su escalinata de líneas simples y curvas. Hay que andar un poco más para llegar a la fabulosa Vila Stiassni, en la que en su momento se alojó Fidel Castro y hoy hay que visitar con los zapatos cubiertos para no estropear su suelo; el recinto ferial y algunos de sus pabellones, que siguen en uso más de 80 años después de su construcción; o el Banco de Comercio; construido a partir de un diseño de B. Fuchs y A. Wiesner. Puede que la ruta no te parezca muy atractiva por aquello de estar demasiado enfocada en la arquitectura, pero si el minimalimo te parece el colmo del buen gusto y de la modernidad, estas paradas te descubrirán el origen de mucho de lo que ahora amas.

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Las famosas escaleras de la cafetería Era. ©D.R.

Una parada fugaz en Praga

En avión desde España la única forma de llegar a la República Checa es hasta el aeropuerto de Praga Václav Havel, a unos 10 kilómetros del centro de la ciudad. Esto significa que sí o sí vas a tener que hacer una parada en la capital, y ya que estás tan cerca, es una pena que no saques aunque sea 24 horas para redescubrir uno de los destinos más bellos de Europa. Uno de esos a los que dices adiós sabiendo que pronto repites.

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Interior de una habitación del hotel Barceló Praha.

De nuevo, nuestra elección para dormir es el hotel Praha de la cadena Barceló, que al estar a solo tres paradas de metro de casco histórico vuelve a ser la opción más asequible sin renunciar a la calidad. De hecho, alojarte por una media de 50 euros en sus remodeladas habitaciones no significa que tengas que renunciar a salir a conocer a fondo la ciudad, ya que por poco más de 6 euros te plantas en la mismísima entrada del famoso Puente de Carlos, el comienzo de cualquier ruta turística que elijas.

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Vista de Praga con el Puente de Carlos. @ Czechtourism
Y decimos lo de cualquiera porque en toda dirección hay algo que ver, ya sea acercarse a la Ciudad Vieja para esperar a que comience el espectáculo de su reloj astronómico, ya sea subiendo a su omnipresente Castillo, desarrollado a lo largo de 11 siglos y en cuyo alrededor puedes visitar el antiguo Palacio Real, la Catedral de San Vito, la Torre de la Pólvora o la basílica de San Jorge.

Aunque si estás cansada de tanto monumento, aquí va otro truco: sube al castillo para disfrutar de unas panorámicas espectaculares de todo Praga, quédate con esa imagen en la cabeza para recordar por qué tienes que volver pronto, y lánzate a las compras, que el turismo también consiste en llenar bolsas. Si lo tuyo es el lujo, busca en el mapa la calle Parizka, una de las más caras de toda Europa y sede de las boutiques más lujosas de la capital de la bohemia. Y si el presupuesto no te da para más que mirar sus escaparates, quítate el gusanillo en sus muchas tiendas de ropa vintage como Prahe Fashion Museum, donde se llegan a encontrar verdaderas joyas, o Leeda, mucho más divertida y colorida y lugar donde encontrar lo mejor de jóvenes diseñadores locales.

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Colección ‘Marks’ con estampados originales de Marius Corradini a la venta en exclusiva en Leeda. © Anežka Horová

Por supuesto, tanto paseo necesita de sus paradas para retomar fuerzas. Si no quieres pagar el dineral que cuesta subir a la terraza de la ya icónica Casa Danzante de Gehry a orillas del río Moldava, puedes sentarte a observar los personajes que se sientan cada tarde en las mesas del Grand Café Orient, el único de estilo cubista de la ciudad; o tomando una Pivo mientras disfrutas de un concierto en la sala Lucerna. Es posible que por allí se deje caer además algún diseñador de los que acaban de presentar sus propuestas para la próxima temporada en la Mercedes Benz Prage Fashion Week. ¿O creías que Cibeles era la única en buscar un sitio en el calendario dominado por Nueva York, París y Milán?

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La curiosa fachada de la Dancing House diseñada por Frank Gehry. © D.R.

Por desgracia, el puente se acaba y tenemos que decir adiós a estos tres días apasionantes en la República Checa. Antes de partir, nos acercamos a la Iglesia de Santa María de la Victoria y San Antonio de Padua a pedirle a una figura del Niño Jesús (regalo de España a finales del siglo XVI) volver pronto. No es cuestión de creer, sino de seguir una tradición como lo de tirar una moneda a la Fontana de Trevi para volver a Roma. Por probar no se pierde nada.

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